Skip navigation

“L’Important” short-story was part of LOS FALSOS PSEUDOIDES – Zane Speer

Kalahari 14 (c) 1984

(scroll down for English translation)

L’IMPORTANT

Supongo —quiero suponer— que el reloj de cuarzo sigue funcionando igual que el día en que lo estrenamos y la Tierra quedó atrás. Según Artxa —así se llama el reloj—, hace casi una década que comenzó la cuenta atrás. El segundo cero marcó el principio de un estudio sobre las fobias que aparecen en la relación entre dos personas de diferente sexo, sometidas al régimen de soledad que proporciona una nave espacial no muy grande, con la misión-excusa de analizar las distintas sustancias que giran alrededor de Saturno y que forman sus fantasmales anillos.

Mi compañero, Zane Speer, experto en movimientos giratorios, velocidades/pesos, anomalías gravitatorias, tiempos, manejo de armas pesadas, motores de titanio y uranio, radiaciones lentas, combinaciones cromáticas, matemáticas y verbales, y un montón de cosas más, había conseguido la plaza para esta nave, L’Important, sin pretenderlo. El asunto fue un concurso en una emisora de onda media en el que un jurado cualificado puntuaba el grado de desesperación de los concursantes (nada importante, el premio eran quinientos dólares). Speer, alentado por su madre y su hermana, se presentó al concurso y consiguió en la primera ronda que cuatro de los siete miembros del jurado se suicidaran durante el descanso. A través de los diarios, la noticia llegó a una sección del Estado —Inteligencia— y alguien con el suficiente poder en esa corporación opinó que era una de las dos personas adecuadas para el proyecto.

La otra persona soy yo. Supongo que esta explicación debería bastar a estas alturas, pero si algo no he olvidado es que sois idiotas y que las cosas se os tienen que explicar de varias maneras, si se quiere que guardéis algún tipo de recuerdo en vuestra memoria. Y quiero que os acordéis, mejor dicho, os vais a acordar. Yo soy Nido Le Groslie, francesa por decisión personal, igual que por decisión personal soy todas las demás cosas que soy. Y esto abarca desde parte de la disposición física de mis células hasta bastantes kilómetros a la redonda, según el estímulo. Yo estuve en el proyecto —y no sé muy bien si dejaré de estarlo nunca— no por decisión propia, sino por un antiguo informe, que apareció en el momento adecuado, sobre una estancia en prisión que duró tres meses. Por lo visto, los que elaboraron ese informe estaban algo así como hipnotizados por mi persona. Viene a decir que tengo un útero abstracto más grande que el valle de Amboseli, lo que viene a querer decir que, si hay alguien que pueda contener, ésa soy yo. Aparte, puedo decir que, junto a Zulawsky, soy una de las únicas personas en el planeta que pueden poner en práctica, activa o pasivamente, la comprensión y la generación de idiomas espontáneos. Esto quiere decir que Zulawsky y yo somos las únicas personas que podemos traducir simultáneamente cualquier conversación mantenida con cualquier demente profundo, político, financiero, clochard, comunista, italiano, etc. y traducirla a otra persona en su idioma profundo, esto es exactamente, traducir puntos de referencia con una precisión que, a veces (la mayoría), se hace insoportable para los interesados. Y, por lo visto, además, según los buenos tipos de Inteligencia, puedo soportar, con mayúsculas.

En comparación con los preparativos, el despegue fue un alivio, aunque fue duro. Las fuerzas que se desatan en el despegue de una nave de treinta mil toneladas son mucho más exageradas que a lo que nos acostumbraron en el curso de aprendizaje. Yo desperté primero, al cabo de tres horas y diecinueve minutos del cero: después de liberarme de los cinturones de seguridad, me acerqué a Speer que aún yacía inconsciente tras la compresión del despegue. Se despertó casi inmediatamente y mandamos nuestro primer mensaje por radio. Para ese momento ya se había desprendido la primera sección de la nave, un simple tanque de combustible que había servido para dar el impulso necesario y ponernos en camino hacia Saturno. La velocidad: 115 kilómetros por segundo. Doce años a esa velocidad, en la misma dirección, y llegaríamos adonde teníamos previsto. La vuelta a casa era lo de menos. Nadie había contado con que pudiéramos cubrir ni siquiera el camino de ida.

Debo decir que nos lo tomamos todo con calma. Retrasábamos voluntariamente cualquier cosa, aunque sabíamos que eso no iba a ser suficiente. A los tres meses nos miramos por primera vez al mismo tiempo. El día quinientos nos acostamos juntos y, el quinientos cuarenta y dos, Speer me penetró por primera vez. Algún día en el cuarto año, nos levantamos de la cama. Podría escribir un libro de mil páginas —y sería corto— que explicara el primer beso. Hubo amor y tiempo. En el sexto año, la paranoia penetró en L’Important. En el séptimo, sólo nos veíamos a escondidas de nosotros mismos unos cuantos segundos en los que nos cogíamos de la mano mientras Speer y Le Groslie estaban distraídos. Todo el resto del tiempo, andábamos con cuidado de no tropezarnos en ningún sitio porque nos buscábamos para matarnos. Y supongo que —él igual que yo— no sabíamos qué situación podía ser la menos nefasta. Si yo le volaba la tapa de los sesos, significaba que después, más tarde o más temprano, yo también tendría que hacer lo propio, y no tengo valor para dispararme. Si él me cazaba a mí, en realidad, me haría un favor. ¿Sí? ¡No! Yo lo amaba y sabía que tampoco era capaz de disparar sobre sí mismo. No quería dejarlo solo en medio de aquel montón de hierros ordenados. Pero nos acechábamos todo el tiempo y lo tuve en el centro de mira de mi rifle más de una docena de veces y, cada una de esas veces, yo sabía que él me había tenido en su mira también, y mi sexo se humedecía.

Fue en la hora dos del día dos mil novecientos setenta y dos, cuando abrí la puerta de mi camarote. La puerta sólo la podía abrir yo, con mi voz. Aunque él hubiera conocido las palabras de la combinación secreta, no habría podido imitar mi voz con la precisión necesaria para engañar a la célula de audio. Pero allí estaba, sentado a los pies de mi litera, vestido con mi ropa, maquillado para parecerse a mí, mirando con mi mirada, hablando con mi voz, tocando con mis manos. Desde algún punto lejano, mi yo que se perdía gritaba: “¡Eeeh!”, pero era inútil porque yo no deseaba rescatarme. Mis células comprendieron. Yo también quería ser Speer. El pecado original. Fui Speer. Y Speer fue Le Groslie. Fueron Grospeer y Le Speie. Todo en pocos segundos. Durante el camino que había de la puerta a los pies de la litera. Un metro y medio. Cuando llegué a él, lo tomé. Me senté a horcajadas sobre su rodilla izquierda y, cuando lo besé, cayó hacia atrás y yo sobre él. No controlábamos el tiempo. No controlábamos nada. Notaba su existencia y su cuerpo como una suma a lo que yo ya había venido siendo. Speer no decía nada. Yo tampoco. La misma sensación de la primera paja cuando eres niña. Atracción y miedo. No sé si cuando lo penetré ya estaba muerto, o quizás nunca muriera. No sé cómo logré mantenerme con vida pero, cuando el Tower, un navío comercial, me recogió a la deriva, Speer ya no estaba.

Eso es lo que han contado. Dicen que Speer salió de la nave, pero eso es imposible. Las escotillas estaban cerradas cuando el Tower me encontró. Ahora, estoy en un sitio bonito cuyos límites no me dejan traspasar. He llegado a pensar que después de amarlo, esa vez, me lo comí. Eso es lo que quieren que piense, porque todas las demás posibilidades son peligrosas para ellos. Cualquier otra posibilidad les compromete: porque Speer se fundió con L’Important y, cuando L’Important fue llevado al desguace, fue desguazado Speer. Habría podido fundirse conmigo y permanecer siempre aquí. Pero aquí es el mundo. Es fácil equivocarse en el mundo y, si él hubiera permanecido en mi interior, cualquier equivocación habría significado un infierno para los dos. Quizás, yo hubiera preferido un infierno con él a un infierno sin él. Speer murió cuando las palas y los brazos mecánicos se ocuparon de L’Important.

Et L’Important, c’est d’aimer.

Zane Speer. Barcelona, 30 julio 1984

– – – – – – –

L’Important

I suppose -I want to suppose- that the quartz clock is still working just like the day we first used it and the Earth was left behind. According to Artxa -that was the name of the clock- the countdown began almost a decade ago. The last zero marked the beginning of a study on the phobias appearing in a relationship between two people of different sex subjected to the regime of solitude offered by a not very large spacecraft. The opportunity provided was a mission to analyze the different substances that orbit around Saturn and form its ghostly rings.

My partner, Zane Speer, an expert in rotating movements, velocities/weights, gravitational anomalies, times, heavy weapon handling, titanium and uranium engines, slow radiations, chromatic mixtures, mathematical and verbal combinations, and a whole bunch of other stuff, got the place in this spaceship –L’Important– without intending to. The thing started with a contest on a medium wave radio station in which a qualified jury marked the degree of desperation of the contestants (with nothing much at stake – the prize was $500). Encouraged by his mother and sister, Speer entered the contest and -just in the first round- managed to get four of the seven jurors to commit suicide during the break. News from the press reached a section of the State – Intelligence – and someone with enough power in that organization considered that he was one of the two persons suitable for the project.

The other person is me. I guess this explanation should be enough by now, but there’s one thing I have not forgotten and that is you are idiots and things must be explained to you in several ways if you are to keep any kind of remembrance in your minds. And I want you to remember, or rather, you will remember. I am Nido Le Groslie, French by personal choice, and by personal choice I am all the other things that I am as well. And this spans from part of the physical arrangement of my cells to quite a few kilometers around depending on the stimulus. I was part of the project (and I’m not sure I’ll ever be out of it) not by choice but because of an old report which turned up at the right time about a three-month stay in prison. Apparently, the people who wrote that report were kind of hypnotized by me. It says that I have an abstract womb bigger than the Amboseli Valley, which means that I can contain more than most. Besides, I can say that I am one of the only persons on the planet, along with Zulawsky, who can -actively or passively- put into practice the comprehension and generation of spontaneous languages. This means that Zulawsky and I are the only people able to simultaneously translate a conversation held with a raving madman, politician, financier, clochard, communist, Italian, etc.; and translate it to another person in his/her deep language, which exactly means translating reference points with an accuracy that sometimes (most times) is no endurable for those concerned. And furthermore, apparently, according to the good guys in Intelligence, I can endure like nobody else.

Compared to the preparations, takeoff was a relief, though it was rough. The forces unleashed during takeoff in a spaceship of thirty thousand tons are much more excessive than what we grew used to in the training course. I woke up first, three hours and nineteen minutes after zero. Once I freed myself from the safety belts I approached Speer who was still lying unconscious after the compression of take-off. He woke up almost immediately and we sent our first radio message. By that time the first section of the spacecraft was already detached: a simple fuel tank that served to give us the necessary momentum and set us on our way to Saturn. The speed: 115 kilometers per second. Twelve years at that speed in the same direction and we would arrive where it was planned. The return home was the least of it. No one had counted on us being able to cover even the outward journey.

I must say we took it all in our stride. We would willingly delay anything, even though we knew that wouldn’t be enough. After three months we looked into each other’s eyes at the same time. On day five hundred we slept together, and on day five hundred and forty-two, Speer penetrated me for the first time. Some day in the fourth year, we got out of bed. I could write a thousand-page book – and that would be short – explaining the first kiss. There was love and time. In the sixth year, paranoia penetrated L’Important. In the seventh, we only saw each other secretly for a few seconds when we held hands while Speer and Le Groslie were distracted. The rest of the time, we made sure we didn’t bump into each other somewhere because we were seeking to kill each other. And I guess he and I didn’t know which situation would be the least disastrous. If I blew his brains out, it meant that afterwards, sooner or later, I would have to do the same, and I don’t have the courage to shoot myself. If he hunted me, he would actually do me a favor. Yes? No! I loved him and I knew he wasn’t capable of shooting himself either. I didn’t want to leave him alone in the middle of that neat pile of iron. But we stalked each other all the time and I had him in the crosshairs of my rifle more than a dozen times. And every time I knew he had had me in his sights too, and my sex went wet.

It was on the second hour of the day two thousand nine hundred and seventy-two, when I opened the door to my cabin. The door could only be opened by me, with my voice. Even if he had known the words of the secret combination, he wouldn’t be able to imitate my voice accurately enough to fool the audio cell. But there he was, sitting at the foot of my bunk, dressed in my clothes, made up to look like me, looking with my eyes, speaking with my voice, touching with my hands. From somewhere far away, my lost self was shouting, “Eeeh,” but it was useless because I didn’t want to rescue myself. My cells understood. I also wanted to be Speer. The original sin. I was Speer. And Speer was Le Groslie. They were Grospeer and Le Speie. All in a few seconds. On the way from the door to the foot of the bunk. A meter and a half. When I reached him, I took him. I sat astride his left knee and, when I kissed him, he fell backwards and I fell on top of him. We didn’t control time. We didn’t control anything. I felt his existence and his body as an addition to what I had already been. Speer said nothing. Neither did I. The same feeling as the first wank when you’re a little girl. Attraction and fear. I don’t know if he was already dead when I penetrated Speer, or maybe he never died. I don’t know how I managed to stay alive, but when the Tower, a commercial spacecraft, found me adrift and took me in, Speer was gone.

That’s what they said. They say Speer got out of the spaceship, but that was impossible. The hatches were closed when the Tower found me. Now I’m in a nice place whose boundaries I’m not allowed to cross. I’ve come to think that after I loved him that time, I ate him. That’s what they want me to think, because all other possibilities are dangerous to them. Any other possibility compromises them: because Speer was merged with L’Important and, when L’Important was taken to the scrapyard, Speer was scrapped. He could have merged with me and remained here forever. But this is the world. It’s easy to make mistakes in the world and, if he had remained inside me, any mistake would have meant hell for both of us. Perhaps I would have preferred a hell with him to a hell without him. Speer died when the shovels and mechanical arms took care of L’Important.

Et L’Important, c’est d’aimer

(many thanks to > Ken Hollings – Translation Supervision Deck )